Pocos temas generan tanta controversia en los círculos tradicionales como la comunión en la mano y los ministros extraordinarios de la Eucaristía. Conviene abordarlo con rigor, sin caer ni en el pavor ni en la indiferencia.
Los ministros extraordinarios
El Código de Derecho Canónico y la instrucción Redemptionis Sacramentum son claros: los ministros extraordinarios de la Eucaristía son, precisamente, extraordinarios. Están pensados para situaciones en que el número de fieles o la ausencia de ministros ordinarios (obispos, sacerdotes, diáconos) lo requiere.
Lo que ha ocurrido en muchas parroquias es la normalización de lo extraordinario. En Misas con sacerdote y diácono presentes, se despliegan cuatro o cinco ministros laicos porque “la fila sería muy larga”. Esto invierte la lógica de la norma.
No es una cuestión de clericalismo ni de machismo. Es una cuestión de coherencia ritual: la distribución de la Comunión por el sacerdote dice algo sobre quién es el sacerdote y qué es la Eucaristía. Diluir ese signo tiene consecuencias catequéticas.
La comunión en la mano
Esta práctica fue introduciada en Occidente por un indulto —es decir, por una excepción a la norma, que siguió siendo la comunión en la lengua. Con el tiempo, la excepción se convirtió en la regla de facto.
No afirmo que comulgar en la mano sea inválido o sacrilego per se. Afirmo que la comunión en la lengua, de rodillas, expresa mejor la fe en la Presencia Real y dispone el alma de manera más adecuada para recibir al Señor.
¿Qué hacer?
Si tu parroquia usa ministros extraordinarios habitualmente, puedes acercarte a la fila del sacerdote o el diácono. Si todos comulgan en la mano, puedes extender la lengua. Nadie puede negarte lícitamente la Comunión por hacerlo así.
Son pequeños gestos. Pero los gestos forman la fe.