Lunes después de Pentecostés, 1970. La reforma litúrgica lleva un año en vigor.
Pablo VI se dirigía a su capilla privada para celebrar la Misa. Era lunes de la Octava de Pentecostés —o al menos eso creía él.
Al entrar a la sacristía, vio los ornamentos preparados sobre la mesa. Eran verdes.
—¿Por qué verdes? —preguntó al maestro de ceremonias—. Hoy es la Octava de Pentecostés. El color es rojo.
El ceremoniero bajó los ojos.
—Ya es tempus per annum, Santidad. Tiempo ordinario. El color es verde.
—¿Y la Octava?
—La Octava de Pentecostés fue abolida.
Hubo un silencio.
—¿Quién la abolió?
El ceremoniero lo miró con una mezcla de respeto y perplejidad.
—Vuestra Santidad lo hizo.
Pablo VI lloró.
No sé si esta escena ocurrió exactamente así. Circula en los ambientes tradicionales como un relato edificante, quizás apócrifo en sus detalles, verdadero en su esencia.
Lo que sí es histórico es el lamento que el propio Pablo VI expresó en múltiples ocasiones por las consecuencias de la reforma que él mismo promulgó. “Por alguna rendija ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios” —dijo en 1972. Las palabras de un hombre que no entendía del todo lo que había desencadenado.
La Octava de Pentecostés existía desde la antigüedad. Era la prolongación festiva de Pentecostés durante ocho días, el tiempo en que la Iglesia celebraba la venida del Espíritu Santo sobre los apóstoles. Con un trazo de pluma, desapareció.
Los ornamentos verdes del Tiempo Ordinario son hermosos. Pero no son rojos. Y a veces hace falta el rojo.