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Oraciones para después de la Comunión

Una selección de oraciones de acción de gracias tras recibir la Sagrada Comunión: Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, el Alma de Cristo y otras joyas de la tradición.

Recibir la Sagrada Comunión sin permanecer luego en acción de gracias es como encender una vela y apagarla antes de que ilumine. Los quince o veinte minutos que siguen a la Comunión son de los más preciosos de la semana; la tradición católica los ha llenado de oraciones que expresan adoración, gratitud y petición.

Reunir estas oraciones no es coleccionismo piadoso. Es recuperar una práctica que se está perdiendo: la de tomarse en serio el momento en que uno acaba de recibir el Cuerpo y la Sangre de Cristo. La Iglesia asignó indulgencias a muchas de estas oraciones no para hacerlas mecánicas, sino porque reconocía en ellas un tesoro de oración probado por siglos.

Las presento aquí con una breve nota editorial sobre cada una. Las use quien quiera; y quien las use, que lo haga despacio.


Oración de Santo Tomás de Aquino

La más completa de las oraciones postcomunión. Es un compendio de teología en forma de súplica: acción de gracias, petición de protección, lista de virtudes concretas que se piden —no en abstracto, sino una por una— y culmina en la visión del banquete celestial. Tomás de Aquino era doctor, pero aquí escribe como quien sabe que sin gracia no es nada.

Con indulgencia plenaria mensual si se reza diariamente.

Gracias te doy, Señor santo, Padre todopoderoso, Dios eterno, porque a mí, pecador, indigno de tu siervo, no por mis méritos, sino solo por la condescendencia de tu misericordia, te has dignado saciarme con el precioso Cuerpo y Sangre de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo.

Suplícote que esta sagrada Comunión no sea para mí ocasión de culpa y pena, sino intercesión saludable para el perdón. Sea para mí armadura de fe y escudo de buena voluntad; extinción de vicios y extirpación de toda concupiscencia y lujuria; aumento de caridad, paciencia, humildad, obediencia y todas las virtudes; firme defensa contra los lazos de todos los enemigos, así visibles como invisibles; perfecta quietud de mis impulsos carnales y espirituales; firme unión contigo, el único y verdadero Dios, y dichosa consumación de mi fin. Y te suplico que te dignes conducirme, pecador, al convite inefable donde tú, con tu Hijo y el Espíritu Santo, eres luz verdadera, saciedad plena, gozo sempiterno, alegría consumada y felicidad perfecta para tus santos. Por Cristo, nuestro Señor. Amén.


Oración de San Buenaventura

Si la oración de Tomás es escolástica, esta es franciscana. Más afectiva, más mística. Buenaventura no pide virtudes en lista; pide ser herido de amor. La imagen de la herida del amor divino recorre toda la mística medieval y aquí aparece en su forma más directa. Una oración para quien no teme pedir demasiado.

Con tres años de indulgencia.

Traspasa, dulcísimo Señor Jesús, las médulas de mi alma con la amabilísima y saludable herida de tu amor, con verdadero, sereno y apostólico amor, para que mi alma languidezca y se deshaga solo en tu amor y en tu deseo. Que te suspire, que por ti desfallezca, que te busque. Que te ame, que tus alabanzas me sean dulces, en ti me regocije. Que me inflame tu amor y me consuma, que te posea perfectamente: vida de mi vida y amor de mi amor. Amén.


Ritmo de Santo Tomás de Aquino (Adoro Te devote)

El himno eucarístico más hermoso de la tradición latina. Tomás lo compuso, según la tradición, por encargo de Urbano IV para el oficio del Corpus Christi. Lo que sorprende es su humildad: el mayor teólogo de la Edad Media comienza admitiendo que el tacto, la vista y el gusto se equivocan ante el sacramento. Solo el oído —la fe que viene de escuchar— acierta. Hay algo profundamente honesto en eso.

Con indulgencia plenaria mensual si se reza diariamente.

Te adoro con fervor, Deidad oculta,
que bajo estas figuras verdaderamente te escondes.
A ti se rinde mi corazón todo entero,
pues a ti contemplando totalmente desfallece.

La vista, el tacto, el gusto en ti son engañados,
pero solo el oído cree seguramente.
Creo todo lo que dijo el Hijo de Dios:
no hay nada más verdadero que la Palabra de la Verdad.

En la Cruz solo la Divinidad estaba oculta;
aquí se oculta también la Humanidad.
Pero yo, creyendo y confesando ambas,
pido lo que pidió el ladrón penitente.

No veo las llagas como Tomás,
pero te confieso Dios mío.
Haz que crea más y más en ti,
que espere en ti y que te ame.

Oh memorial de la muerte del Señor,
Pan vivo que das vida al hombre,
concede a mi alma vivir de ti
y gustar siempre de tu dulzura.

Señor Jesús, Pelícano piadoso,
límpiame, a mí inmundo, con tu Sangre;
de la cual una sola gota puede librar
al mundo entero de todos los crímenes.

Jesús, a quien ahora veo velado,
te ruego que se cumpla lo que tanto ansío:
que al contemplar tu rostro desvelado,
sea bienaventurado en la visión de tu gloria. Amén.


Alma de Cristo

La oración más conocida de esta selección, y posiblemente la más universal: cuatro palabras al comienzo de cada verso, como un golpe de campana. De autoría incierta —se atribuye a san Ignacio de Loyola, aunque es anterior a él—, el Anima Christi fue durante siglos la oración postcomunión por excelencia. San Ignacio la usaba al comienzo de los Ejercicios Espirituales y así se hizo conocida. Pocas oraciones condensan tanto en tan poco espacio.

Con indulgencia plenaria mensual si se reza diariamente y se visita una iglesia.

Alma de Cristo, santifícame.
Cuerpo de Cristo, sálvame.
Sangre de Cristo, embriágame.
Agua del costado de Cristo, lávame.
Pasión de Cristo, confórtame.
¡Oh buen Jesús!, óyeme.
Dentro de tus llagas, escóndeme.
No permitas que me separe de ti.
Del maligno enemigo defiéndeme.
En la hora de mi muerte llámame
y mándame ir a ti,
para que con tus santos te alabe
por los siglos de los siglos. Amén.


Oración de San Ignacio de Loyola

La más breve de la selección y quizás la más radical. Ignacio no pide salud, ni gracia, ni virtudes. Lo entrega todo y pide solo una cosa: amor y gracia. Es la oración de alguien que ya ha entendido que con eso basta. La Suscipe aparece en el cuarto grado de humildad de los Ejercicios y es el punto más alto de la espiritualidad ignaciana.

Con indulgencia plenaria mensual si se reza diariamente.

Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer. Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno. Todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad. Dadme vuestro amor y gracia, que esta me basta. Amén.