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Sobre la Consagración de Obispos de la FSSPX | Opinión

La reciente discusión sobre la posibilidad de nuevas consagraciones episcopales en la FSSPX invita a reflexionar sobre la prudencia, la comunión y el juicio personal en comunidades polarizadas.


Cada cierto tiempo, el mundo tradicional vuelve a debatirse con la misma pregunta que ha marcado su historia desde 1988: ¿son lícitas las consagraciones episcopales de la FSSPX?

La respuesta oficial de la Iglesia es clara: las consagraciones realizadas sin mandato pontificio constituyen una irregularidad grave. La de 1988, que llevó a la declaración de excomunión —luego levantada por Benedicto XVI en 2009— marcó una herida que no ha terminado de cerrarse.

El problema del juicio personal

Lo que me preocupa no es tanto la cuestión canónica en sí misma —que tiene respuesta— sino la actitud que muchos fieles adoptan ante ella: la de erigirse en jueces de la necesidad o conveniencia de una acción extraordinaria.

“En casos de emergencia…” es el argumento recurrente. Pero ¿quién determina la emergencia? ¿El individuo que se considera iluminado por encima de las autoridades legítimas? ¿La comunidad que se autodefine como la depositaria fiel de la Tradición?

La Tradición misma nos enseña que la obediencia no es una virtud menor. San Ignacio de Antioquía, san Cipriano, santo Tomás de Aquino: todos insistieron en que la unidad con el obispo legítimo es condición sine qua non de la vida eclesial.

Prudencia y caridad

No escribo esto para demonizar a quienes comulgan regularmente con la FSSPX. Muchos de ellos son católicos fervorosos, bien formados doctrinalmente, que simplemente no encuentran en su entorno una Misa tradicional en plena comunión. Los comprendo.

Lo que no puedo suscribir es la narrativa de que la FSSPX actúa con plena autoridad apostólica, o que sus obispos tienen la misma legitimidad que los de plena comunión con Roma. La situación es irregular. Punto.

Esperemos que el diálogo que la Santa Sede mantiene con la Fraternidad dé frutos. Mientras tanto, la prudencia y la caridad exigen no pontificar sobre cuestiones que superan nuestra competencia.