Escribo esto con caridad, y también con franqueza: los abusos litúrgicos no son una cuestión estética. Son un problema espiritual.
No hablo de las diferencias legítimas que permiten las normas del Misal Romano —la orientación del altar, el tipo de canto, la disposición de los fieles. Hablo de aquello que excede lo permitido: las improvisaciones en las oraciones eucarísticas, los elementos ajenos al rito introducidos por iniciativa del celebrante, la conversión de la homilía en monólogo terapéutico, la Misa como “experiencia” diseñada por el párroco.
El rito como espacio objetivo
El rito litúrgico no es una invención del clero. Es la forma en que la Iglesia, guiada por el Espíritu Santo a lo largo de los siglos, ha aprendido a acercarse a Dios. Cada gesto, cada oración, cada silencio tiene una historia y una teología.
Cuando el celebrante sustituye ese rito por su propia creatividad, no está enriqueciendo la liturgia. Está empobreciéndola, porque está poniendo su propia voz donde debería hablar la voz de la Iglesia.
El Espíritu Santo actúa a través de los sacramentos ex opere operato —por la virtud del signo mismo. Pero la disposición de los fieles para recibirlo se ve afectada cuando el rito no es el rito, sino una performance.
¿Qué podemos hacer los fieles?
Primero, no escandalizarnos hasta el punto de abandonar la Iglesia. El valor de la Misa no depende de la calidad de la celebración.
Segundo, buscar, donde sea posible, parroquias que celebren con fidelidad y reverencia. Nuestra presencia es un voto.
Tercero, rezar por los sacerdotes. Muchos abusos nacen de una formación deficiente, no de mala voluntad.
La liturgia bien celebrada es ya, por sí misma, catequesis. Y la liturgia mal celebrada, también —pero en sentido contrario.