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A una semana de las Consagraciones Episcopales

Una semana después del 1 de julio, con el decreto del DDF sobre la mesa, repasamos la cronología de las consagraciones de Écône y explicamos con precisión canónica el alcance real de las excomuniones.

«¿Tienen el mandato apostólico?»

«Estimamos ante Dios que es un deber sagrado proceder a la consagración de obispos plenamente fieles a la santa Tradición.»

Consagración de Obispos, Écône, 1 de julio de 2026

Ha pasado una semana. El prado de Écône vuelve a estar vacío, los fieles han regresado a sus casas, y sobre la mesa queda un decreto del Dicasterio para la Doctrina de la Fe que conviene leer con calma, porque se está diciendo mucho sobre lo que significa, y no todo con precisión.

Antes de entrar en el alcance de las excomuniones, recordemos cómo llegamos aquí.

Cronología: del 2 de febrero al 2 de julio

  • 2 de febrero: el Superior General, P. Davide Pagliarani, anuncia la intención de consagrar obispos el 1 de julio, citando cartas a la Santa Sede de agosto y noviembre de 2025 que no obtuvieron respuesta.
  • 12 de febrero: el cardenal Víctor Manuel Fernández se reúne con Pagliarani en Roma y le advierte que proceder pondría fin a toda perspectiva de diálogo.
  • 13 de mayo: la Santa Sede advierte formalmente que las consagraciones constituirían un acto cismático con excomunión automática.
  • 14 de mayo: la Fraternidad publica una “Declaración de fe católica” reafirmando sus críticas al magisterio posconciliar.
  • 16 de junio: León XIV declara que proceder “es su decisión” y que “hay que seguir adelante”.
  • 24 de junio: la FSSPX dirige una carta abierta al Papa y al Colegio Cardenalicio confirmando que procederá.
  • 30 de junio: León XIV publica una apelación final, califica el acto de “pecado de extrema gravedad” y suplica: “¡volved atrás!”. Pagliarani responde esa misma tarde sosteniendo que las consagraciones no constituirán cisma.
  • 1 de julio: Mons. Alfonso de Galarreta, asistido por Mons. Bernard Fellay, consagra en Écône a cuatro obispos auxiliares (Pascal Schreiber, Michael Goldade, Michel Poinsinet de Sivry y Marc Hanappier) ante unos quince mil fieles, en el mismo prado y a treinta y ocho años exactos de las consagraciones de 1988.
  • 2 de julio: el DDF publica el decreto que declara las excomuniones, acompañado de una Nota explicativa.

Lo que decía Roma antes del 1 de julio

Para medir lo que cambió, hay que saber dónde estábamos. El punto de referencia más claro es la carta firmada por Mons. Camille Perl, entonces Secretario de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, fechada el 18 de enero de 2003, seis años antes de que se levantaran las excomuniones de 1988. La carta sintetiza cinco ideas:

  1. Los sacerdotes de la FSSPX están válidamente ordenados.
  2. Las Misas que celebran son válidas, pero ilícitas.
  3. “Ud. puede cumplir su obligación dominical asistiendo a una misa celebrada por un sacerdote de la F. San Pío X.”
  4. “Si su razón […] para asistir fuera la de manifestar su deseo de separarse de la comunión con el Romano Pontífice […], la asistencia sería un pecado. Si su intención es simplemente participar de una Misa según el Misal de 1962 […] no habría pecado.”
  5. “Podría justificarse una contribución modesta a la colecta de esa Misa.”

Es decir: incluso en el peor momento canónico de la Fraternidad, con las excomuniones de 1988 vigentes y el calificativo de cisma sobre la mesa, Roma nunca sostuvo que el fiel de a pie quedara excomulgado por arrodillarse en una capilla de la FSSPX. La censura era de los obispos; la intención del fiel era el criterio moral.

Los argumentos que circularon esa semana

En los días previos al 1 de julio se repitió con insistencia que “esta vez es diferente”, y que por tanto las orientaciones de 2003 ya no valían. Pero cada vez que se pedía concretar la diferencia, el argumento se iba desinflando. ¿Que esta vez habría excomunión? También la hubo en 1988. ¿Que esta vez se hablaría de cisma? Se habló de cisma en 1988, y no pocos siguieron usando la palabra durante los treinta y ocho años siguientes. ¿Que hay reincidencia? Reincidente es quien repite el delito, y los dos obispos que consagraron en 1988 llevan décadas enterrados. Los de 2026 son otros actores, con otra censura, no la segunda condena de los mismos.

Lo llamativo de esos días fue el uso selectivo del derecho canónico. Cuando el Código se cita para moderar una condena, sobra: nadie quiere ser más papista que el Papa. Pero cuando sirve para condenar, de pronto se vuelve urgente, se lee con el rigor de un fiscal y se le encuentran agravantes que el texto no contempla.

Dos afirmaciones de esa semana lo ilustran bien.

La primera: que Roma excomulgaría “a la FSSPX” como tal. Difícil. Para castigar a alguien, ese alguien tiene que existir ante el derecho, y la Fraternidad, precisamente por su irregularidad, no tiene hoy personalidad jurídica en el ordenamiento canónico. No se puede sostener que una entidad no existe para efectos de reconocimiento y que sí existe cuando toca sancionarla. La ironía es evidente: si su situación se hubiera regularizado, habría un sujeto a quien imputar. Mientras tanto, las penas solo pueden recaer sobre personas físicas.

La segunda: que los fieles quedarían excomulgados en automático por el solo hecho de asistir. Tampoco. Quien consagra sin mandato incurre en la pena, y quien recibe esa consagración también: eso dice el canon. Pero la censura no baja en cascada desde el consagrante hasta el último fiel de la última banca por vía de conocerse entre sí. Las penas canónicas no se transmiten por asociación ni por contagio; castigan conductas tipificadas de personas concretas, y estar cerca de un grupo no es, por sí solo, ninguna conducta tipificada.

Con esos dos criterios en mente, leamos lo que Roma efectivamente decretó.

Lo que dice el decreto del 2 de julio

El decreto no vino solo: lo acompaña una Nota explicativa que, para el punto más delicado (la situación de los laicos), remite a otra Nota de la entonces Pontificia Comisión Ecclesia Dei del 24 de agosto de 1996 sobre qué significa adherirse al cisma lefebvriano. Hay que leer las tres piezas juntas. Del conjunto sale este cuadro:

Los seis obispos, excomulgados. Mons. de Galarreta y Mons. Fellay por consagrar; Schreiber, Goldade, Poinsinet de Sivry y Hanappier por dejarse consagrar. Aplicación de manual del canon 1387: excomunión latae sententiae reservada a la Sede Apostólica, ahora formalmente declarada.

El clero, excomulgado si persevera. Aquí está el endurecimiento real respecto de 1988: los sacerdotes y diáconos de la Fraternidad que continúen su actividad ministerial dentro del movimiento incurren también en la censura. La pena ya no se detiene en los obispos.

Los sacramentos, ilícitos todos; dos de ellos, inválidos. Las facultades que Francisco había concedido (confesiones desde el Jubileo de la Misericordia, matrimonios desde 2017) quedan revocadas. La Eucaristía, el bautismo, la confirmación y el resto siguen siendo válidos, porque su validez descansa en el orden sagrado, que nadie discute. La confesión y el matrimonio, en cambio, descansan en la jurisdicción, y esa ya no existe: confesión inválida, matrimonio nulo.

Los laicos, excomulgados únicamente por adhesión al cisma. No por asistir, no por pertenecer a una familia que asiste, no por dejar un billete en la colecta. La Nota de 1996 exige que concurran dos cosas: que la opción por la Fraternidad se anteponga a la obediencia al Papa, y que esa opción se manifieste externamente de modo exclusivo, haciendo de los actos eclesiales de la FSSPX la totalidad de la propia vida sacramental.

Lo que esto significa en la práctica

Nótese que el decreto confirma exactamente la distinción que algunos se negaban a hacer la semana anterior: las penas recaen sobre personas determinadas por conductas determinadas. No hay excomunión de “la institución”, que no podía haberla, ni excomunión automática de los fieles por asistencia.

Pero sería deshonesto quedarse ahí y decir que nada cambió. Cambiaron tres cosas graves:

La primera: el clero de la Fraternidad está ahora, como cuerpo, bajo censura si continúa su ministerio. En 1988 la pena alcanzó a seis personas; hoy alcanza potencialmente a más de setecientos sacerdotes.

La segunda: quien se confiese con un sacerdote de la FSSPX no recibe la absolución, y quien se case ante uno de ellos no contrae matrimonio válido. Esto no es una opinión rigorista: es el efecto directo de la revocación de facultades. El fiel que frecuentaba esos sacramentos necesita saberlo, porque aquí ya no hablamos de licitud sino de validez.

La tercera: la vara con que se medirá la adhesión ya está publicada. Los dos elementos de la Nota de 1996 (anteponer la opción por la Fraternidad a la obediencia al Papa, y vivir exclusivamente de sus actos eclesiales) describen una trayectoria, no un domingo aislado. El fiel que asiste ocasionalmente porque no tiene otra Misa tradicional accesible, sin rechazar la autoridad del Romano Pontífice, no cumple ninguno de los dos. El fiel que ha hecho de la Fraternidad su única Iglesia práctica y considera a Roma algo que ya no le concierne, debería releerlos con atención.

Hace unas semanas escribíamos que el 1 de julio era una fecha para hacerse preguntas en el foro interno. La fecha pasó, y las preguntas siguen siendo las mismas. Lo que ha cambiado es que ahora las respuestas tienen consecuencias canónicas escritas, con número de protocolo y firma del Prefecto.

Recemos por los que se quedaron a ambos lados de ese prado.