Sobre la Consagración de Obispos de la FSSPX | Opinión

En un mundo cada vez más polarizado, donde unirse a una comunidad parece implicar adherirse ciegamente a todos sus ideales, es fácil olvidar la importancia de cultivar un criterio propio. No todo es blanco o negro: podemos apoyar ideas individuales sin endosar paquetes enteros, y cuestionar decisiones específicas sin rechazar el todo. Esa mentalidad divisionista genera rupturas innecesarias, especialmente en la Iglesia, donde la unidad debería primar sobre las posturas extremas.
Cuando en marzo del año pasado surgió la posibilidad de que la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX) consagrara nuevos obispos, me invadió una profunda preocupación. Hoy, con la confirmación oficial de que estas consagraciones se realizarán el 1 de julio próximo, solo puedo expresar mi convicción de que se trata de un paso equivocado.
La FSSPX ha transitado por etapas que la acercaban progresivamente a una regularización canónica, pero esta acción arriesga echar por tierra décadas de esfuerzos y retrotraernos al estatus de 1988, con todas sus dolorosas implicaciones.
Tres reflexiones me surgen al respecto.
Primero, bajo el pontificado de Francisco, los intentos de reconciliación avanzaron significativamente, con gestos concretos como la validación de sacramentos y diálogos abiertos. León XIV, quien asumió el cargo hace menos de un año, ha mostrado una continuidad en el énfasis en la paz y la reconciliación. ¿No sería prudente dar más tiempo a este nuevo pontificado antes de actuar de manera irrevocable? Tal apresuramiento podría cerrar puertas que apenas se estaban abriendo.
Segundo, consagrar obispos sin mandato pontificio conlleva una excomunión latae sententiae, según el Código de Derecho Canónico (c. 1387). Esto no es una mera formalidad, sino una grave ruptura con la comunión eclesial, que afectará no solo a los involucrados directos (consagrantes y consagrados), sino potencialmente a la percepción de la Fraternidad entera. Es un acto que, aunque motivado por lo que perciben como una «situación de emergencia», ignora los canales establecidos para resolver desacuerdos.
Tercero, este paso no tiene relación alguna con los fieles que, en sus diócesis locales, solicitan la celebración de la Misa Tridentina. Aquellos que buscan preservar la tradición litúrgica lo hacen dentro de la obediencia diocesana, sin necesidad de gestos que profundicen divisiones. Confundir ambos planos solo alimenta malentendidos y polarizaciones innecesarias.
En medio de esta tristeza, solo me queda orar por la FSSPX: que el Espíritu Santo ilumine a sus líderes hacia caminos de unidad verdadera, y que la Virgen María, Mediadora de todas las gracias y Corredentora del género humano, interceda por la reconciliación en la Iglesia. La tradición no se defiende con rupturas, sino con fidelidad paciente.